FELIZ DÍA DE EUROPA

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El ‘no’ de Eslovaquia

La zancadilla puesta por el parlamento eslovaco al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) no es un revés para la UE ni para el propio fondo. La votación del pasado martes sólo fue una artimaña de la oposición para forzar la caída del Gobierno y un adelanto electoral debido a que la primera ministra, la conservadora Iveta Radicova, había vinculado su permanencia en el poder al resultado de la votación.

El jefe de la oposición aclaró que su partido estaba a favor del FEEF, que lo consideraba una prioridad y aseguró que votaría por el mismo en la segunda votación. De ahí que los medios deberían evitar titulares sensacionalistas que especulan con escenarios improbables, porque de los 17 países que deben ratificar el FEEF, 16 ya lo han hecho y sólo queda Eslovaquia, que en cuestión de días dará el sí.

Esto no quiere decir que debamos obviar las posturas reticentes a desembolsar dinero público europeo para echar una mano a países en apuros. La propia Eslovaquia ya se negó el año pasado a participar en el plan de rescate a Grecia. Pero estas posturas deben entenderse más como el rechazo o miedo a arriesgar todavía más dinero que como un auge del euroescepticismo. Porque tal y como señaló Andreu Missé en El País, “A la hora de votar, el rechazo a nuevos desembolsos no se ha traducido en un empuje de los euroescépticos”.

Aunque muchos líderes no estén haciendo gala de empatía hacia los países en problemas, los Tratados de la UE preservan el irrenunciable principio de solidaridad. Y la base legal para el FEEF está en el artículo 122 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea:

Artículo 122.

(…) En caso de dificultades o en caso de serio riesgo de dificultades graves en un Estado miembro, ocasionadas por catástrofes naturales o acontecimientos excepcionales que dicho Estado no pudiere controlar, el Consejo, a propuesta de la Comisión, podrá acordar, en determinadas condiciones, una ayuda financiera de la Unión al Estado miembro en cuestión


Abran paso a los BRIC 2.0.

La crisis financiera internacional ha propiciado un nuevo orden en el tablero mundial. Estados Unidos y Europa, afectados por los problemas de deuda y sufriendo la acuciante presión de los mercados, han cedido parte de su poder geoestratégico a potencias emergentes.

Jim O’Neill, economista global de Goldman Sachs, acuñaba en octubre de 2003 el término BRIC para referirse a cuatro economías emergentes que estarían llamadas a cambiar el orden geoestratégico mundial. Brasil, Rusia, India y China no sólo aglutinan grandes reservas de recursos naturales y un importante porcentaje de la población mundial, sino además un potencial de crecimiento e inversión arrollador. 8 años después, resulta evidente que el orden mundial ha cambiado y que los denominados “países emergentes” ya han emergido. Y han emergido hasta el punto de plantearse comprar títulos de deuda de la zona euro para evitar un posible contagio en sus economías.

Si bien las previsiones de Goldman Sachs emplazaban al año 2050 para ver efectos tangibles del auge de los BRIC, parece que la crisis financiera internacional ha acelerado los acontecimientos. Ya en 2010, China desbancaba a Japón como segunda economía mundial, al alcanzar su PIB los 5,8 billones de dólares frente a los 5,4 del japonés. Se estima que en 2030, el 40% de la población mundial residirá en China e India. Brasil se ha convertido recientemente en la octava economía del mundo tras adelantar a España y Canadá, y se espera que, ya en esta década, ocupe el 5º puesto dejando atrás a Francia y Reino Unido. Rusia, por su parte, tiene las octavas reservas mundiales de petróleo y las primeras de gas, hasta el punto de que sus exportaciones de energía representan cerca del 30% de su PIB.

Estos factores han propiciado el surgimiento de una nueva generación de “BRICs”, países que, por su potencial de crecimiento, dinamismo y atractivo para los inversores se perfilan como agentes a tener en cuenta en el contexto internacional. El siglo XXI estará marcado por un importante desplazamiento de las placas del poder mundial, y parece que los únicos capaces de hacer frente al aterrizaje de estas potencias serán Estados Unidos, Japón y Alemania. Hoy Goldman Sachs propone unir a los BRIC las siglas MIST por considerar que México, Indonesia, Corea del Sur y Turquía dan motivos más que evidentes para ser tenidos en cuenta. Por otro lado, Robert Ward, director de la estadounidense Economist Intelligence Unit, acuñó el acrónimo CIVETS para referirse a Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Suráfrica por su economía diversificada y dinámica y por tener una población joven y creciente.

JP Morgan, por su parte, agrupó a Vietnam, Indonesia, Suráfrica, Turquía, Argentina bajo las siglas VISTA, mientras que el banco español BBVA acuñó el acrónimo EAGLE para países emergentes como Corea del Sur, Indonesia, México, Turquía, Egipto y Taiwán, que junto a los BRIC contribuirán más al crecimiento mundial que la media de los países desarrollados grandes.

El padre intelectual del concepto BRIC, Jim O’Neill, revisa a día de hoy su teoría y ya habla de los “Next Eleven” o N-11: Bangladesh, Egipto, Indonesia, Irán, Corea del Sur, México, Nigeria, Pakistán, Filipinas, Turquía y Vietnam.

No obstante, habrá que esperar a que estas economías evolucionen y consoliden su crecimiento para situarlas definitivamente en el tablero económico mundial. Ningún analista es capaz hoy de predecir cómo un país como, por ejemplo, China, va a responder ante las crecientes fricciones del poder con la emergente clase media, que ya está reclamando derechos sociales. O cómo la India va a gestionar un crecimiento económico espectacular con tasas de pobreza absoluta del 22%. Los procesos económicos están sujetos también a condicionantes sociales y políticos, muchos de ellos impredecibles. Lo que sí es seguro es que, en este escenario globalizado, los papeles protagonistas son y serán cada vez más difusos.


A la derecha de la derecha

El continente europeo está protagonizando un preocupante giro a la derecha que promete minar la prosperidad y las libertades de los europeos y lo que es peor, con su propio consentimiento.

El paro, la inmigración, la inseguridad y el nacionalismo son las principales bazas en las que se escudan los incipientes partidos populistas de ultraderecha europeos para arañar cuota de votos en las urnas en un contexto de crisis como el actual. En 2007, la UCD de Suiza arrasó en las urnas con cerca del 30% de los votos, convirtiéndose en el partido más votado del país. Suiza se enfrentará a unas nuevas elecciones el próximo otoño.

Los siempre admirados países nórdicos también saben de esto: en Suecia la ultraderecha obtuvo cerca del 6% de los votos en las elecciones de septiembre de 2010, y aunque el resto de partidos se negaran a contar con “Demócratas de Suecia” para formar gobierno, sí es cierto que logró representación en el Parlamento por primera vez. Más reciente y preocupante es el caso de Finlandia, donde los “Auténticos Finlandeses” de Timo Soini han pasado de de 5 a 39 diputados.

Por otra parte, Dinamarca, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia, Bulgaria y Grecia también han abierto sus Parlamentos a partidos de derecha populista.

Y no hay duda de que los partidos de derecha plasmarán sus campañas con tintes de la misma calaña para arañar voto a la ultraderecha, como ya está haciendo Sarkozy tras el auge en las encuestas de Marine Le Pen y su propuesta de sacar a Francia del Espacio Schengen. O como ya se ha hecho en Hungría, redactando una constitución decimonónica.

Como dice Lluís Bassets en su blog, “En el momento en que el mundo árabe intenta avanzar en una transición hacia la democracia, el mundo europeo pugna por una transición hacia el pasado, hacia aquella época de Europa en que se apagaron las luces”.


Energías renovables: es el momento del doble o nada

La Unión Europea sigue enfatizando su apuesta por las energías renovables, y lo hace en un momento crucial para afianzar su credibilidad y su liderazgo. Los europeos presumieron de ser los más ambiciosos en los objetivos de reducción de emisiones en las cumbres mundiales del clima, pero es ahora cuando se va a decidir si todo era propaganda o si están realmente dispuestos a conseguir los objetivos marcados para el año 2020.

Los jefes de estado y de gobierno de los Veintisiete se han reunido en Bruselas en laprimera cumbre energética de estas características, aunque ya hemos podido saber que la situación en Egipto y la crisis financiera internacional han quitado cierto protagonismo a la cuestión energética. Y en este contexto, merecen un apartado especial las últimas declaraciones del comisario de Energía, el alemán Günther Oettinger, que enfatizó que ha llegado el momento del “doble o nada”. A su juicio, y según los cálculos que ha realizado la Comisión, la actual inversión no es suficiente para conseguir un desarrollo potencial de las energías renovables que permitan alcanzar un 20% de cuota de energía procedente de estas fuentes en la próxima década. El comisario pidió un esfuerzo adicional a los Estados miembros y llamó a la financiación privada, para pasar de los actuales 35.000 millones a los 70.000. De lo contrario, el esfuerzo y el dinero empleado hasta ahora servirán francamente de poco.

El comisario afirma que de hacer algo, se hace en condiciones o no se hace. Y no le falta razón a Oettinger. A la UE se le cayó la cara de vergüenza cuando llegó el año 2010 y vio que no alcanzó ninguno de los objetivos que se había propuesto para esa fecha (dentro de la llamada ‘Estrategia de Lisboa’). Entre otras cosas, la estrategia pretendía convertir a Europa en la economía más competitiva del mundo, con bajas tasas de paro y alto nivel de escolarización e investigación científica. No hay más que mirar hoy a Europa para ver lo alejados que quedan esos objetivos de la realidad. El año pasado la Comisión formuló la ‘Estrategia 2020’, otro paquete de medidas que si bien es más realista no es por ello menos ambicioso y requerirá de una coordinación adecuada y una inversión comprometida.

La UE no se puede permitir otro fracaso de esa magnitud. En materia energética no se ha podido llegar, de momento, a un acuerdo vinculante en eficiencia energética. No se trata de trabajar en base a cifras y objetivos, como los planes quinquenales de la Unión Soviética, pero sí de establecer unos mínimos y un compromiso que aseguren reafirmar la apuesta europea por las renovables. Más que la construcción de costosos ‘super’ conductos que nos conecten a países de los que extraemos una fuente de energía que no perdurará para siempre y cuyo precio es muy inestable, se debería poner toda la carne en el asador para dotar al tan pobre en recursos naturales continente europeo de una energía limpia que elimine la dependencia de terceros países.

Pero la pregunta es: ¿se llegará al ambicioso objetivo de alcanzar un 100% de consumo en renovables a partir de 2050, como muchos ambicionan? ¿Están realmente preparadas las renovables para satisfacer las necesidades energéticas de un continente tan industrializado y consumista?


El camino a la desunión

La situación sociopolítica belga, que en varias ocasiones he tratado de abordar, sigue igual de compleja que cuando, hace unos meses, provocó la caída del Gobierno de Yves Letterme. Actualmente ostentando la Presidencia de turno de la Unión Europea, y en plenas negociaciones para la formación de gobierno tras el triunfo de los nacionalistas flamencos en las elecciones de este verano, Bélgica sigue caminando en la penumbra de la incertidumbre sobre cuánto tiempo seguirá funcionando como un Estado unitario.

A continuación presento un interesante vídeo que explica de manera dinámica y concisa este laberinto sin salida.

 


El complicado laberinto belga

Bélgica es uno de los padres fundadores de lo que actualmente conocemos como Unión Europea. Es un país al que se considera “corazón de Europa” y cuya capital aglutina las principales instituciones de la UE. Es paradójico, no obstante, que la capital de Europa no sea el vivo ejemplo del lema comunitario “Unidos en la diversidad”.

El siglo XIX siempre será estudiado como el siglo de las revoluciones; y fue precisamente una revolución lo que convirtió a este país en una monarquía en torno a la cual orbitarían las élites francófonas.

 Geográficamente, Bélgica es un país que funciona al estilo federal con una línea divisoria que marca una inevitable frontera entre las dos comunidades que lo habitan: los flamencos y los valones (francófonos). Históricamente, la comunidad flamenca ha pasado de ser una comunidad infrarrepresentada a hacerse con el timón del país y constituir lo que actualmente supone cerca del 70% de la población belga.
 Pero en medio de esta frontera se encuentra el distrito electoral BHV (que engloba a las ciudades de Bruselas, Hal y Vilvoorde), geográficamente situado en la parte flamenca pero formalmente habitado en su mayoría por valones. La ley electoral belga define el voto como obligatorio, es decir: no acudir a las urnas es motivo de sanción en este país. Y al tener un modelo federalista, cada región tiene sus partidos políticos (por ejemplo, hay un Partido Socialista valón y un Partido Socialista flamenco), por lo que si eres valón y residente en Hal, no podrás votar ya que sólo puedes votar a los partidos valones, que en esa circunscripción no se presentan.

Para acabar con esta contradicción, desde 1963 el distrito BHV tiene una serie de “facilidades”, de tal manera que los valones pudieran ejercer sus derechos. Sin embargo, en 2003 el Tribunal Constitucional declaró ilegal esta situación, alegando, entre otras cosas, que los candidatos a las elecciones en la parte flamenca juegan con desventaja porque compiten con candidatos de fuera de su provincia. Este conflicto es lo que tumbó al Gobierno de Yves Leterme en abril de 2010, que presentó su dimisión al verse incapaz de encontrar una salida.

Bruselas goza de un estatuto especial bilingüe que en realidad sería la solución más viable si éste se extendiese en todo el país (siempre y cuando los flamencos estuvieran dispuestos a ceder, algo implanteable hoy por hoy).

En este complejo organigrama, el rey (que tiene unos poderes muy limitados) ejerce un papel simbólico de unión vital para que Bélgica siga siendo Bélgica. Y dentro de este panorama, frustra ver que la enemistad popular entre flamencos y valones es nula y que todo se trata, una vez más, de tensiones entre políticos que están fragmentando un país al que algunos analistas auguran pocos años de vida.