El aniversario del Tratado de Lisboa en plena crisis existencial de la UE

El 1 de diciembre se cumplieron dos años desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Un texto que se componía de una serie de artículos y disposiciones jurídicas que daban a la Unión Europea los medios para que Bruselas encontrase el lugar que le correspondía en la escena internacional.

Firma del Tratado de Lisboa en 2007./ Archiwum Kancelarii Prezydenta RP

La crisis del rechazo francés y holandés a la Constitución Europea en 2005 parecía sumir al continente en una de las crisis existenciales más graves desde mediados del siglo XX. Pero entonces llegó Angela Merkel dispuesta a sacar adelante los puntos más ambiciosos del tratado fallido y consiguió, mediante la Presidencia rotatoria que ostentaba Berlín, unir voluntades y sacar adelante un proyecto que la consagró en la cúspide del europeísmo. Pero la UE y sobre todo las circunstancias de Angela Merkel han cambiado mucho desde esas negociaciones del Tratado de Lisboa, y en lugar de celebrar el segundo aniversario del mismo, se dedica a recorrer Europa y el mundo hablando de la necesidad de redactar uno nuevo. Se acabó su funcionalidad y ha dejado de ser útil en una UE gobernada por el Consejo Europeo y Merkozy en lugar de la Comisión o el Parlamento.

Pero, ¿es realmente necesario empezar un recorrido que costará al menos dos años hasta ser ratificado por todos los parlamentos nacionales para dar una respuesta sólida a la crisis de deuda de la eurozona? ¿Se ha quedado obsoleto tan rápidamente un Tratado que nos vendieron como ambicioso y avanzado? La respuesta es rotunda: NO.

Según Íñigo Méndez Vigo, presidente de la Unión Paneuropea, “poner en marcha los eurobonos no requiere nada. Ni modificación de tratados ni reforma de la estructura institucional de la Unión; sólo un simple acuerdo intergubernamental”. Es cierto que al Tratado de Lisboa le queda mucho por “exprimir”, como la puesta en marcha de la diplomacia europea [que trataremos en próximos posts], pero Angela Merkel, empeñada en llevar el timón de la UE, ha dejado claro que la salida de la crisis no es la creación de eurobonos, sino mayor disciplina fiscal, mayor dureza del Pacto de Estabilidad (aquel que establece los límites en los déficits y en las deudas nacionales) y mayores sanciones a los países que no cumplan. Y para eso necesita una reforma del Tratado de Lisboa.

La crisis económica que se desencadenó en 2007 con la caída de Lehman Brothers se está reinventando y ha hundido a la Unión Europea en una de las mayores crisis existenciales de su historia. El diario alemán Der Spiegel planteaba que lo que necesita la UE es reiniciar su modelo institucional, reinventar la Comisión y el modo en que se eligen sus miembros, afirmando tajantemente que “la vieja Europa, esa estructura de unidad alojada en unos edificios imponentes en Bruselas, esa colección visionaria de ideas de paz, libertad y prosperidad, la Europa de las grandes palabras y los tratados impenetrables, el monstruo babilónico que escupe toneladas de papel en 23 idiomas cada día, se inmiscuye en todo, trata de meter las cosas a cucharadas a sus ciudadanos, esa Europa, ya no existe”.

Lo que es cierto es que la UE se enfrenta a varios desafíos que le complican una dar una respuesta contundente para salir adelante reforzada: las presiones del bloque del Este, con Polonia a la cabeza, que temen que la eurozona avance demasiado rápido; el euroescepticismo de Reino Unido, aún más obstinado si cabe desde la llegada de Cameron al poder; y la falta de voluntad política de los estados miembros por ceder soberanía.

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