Movimiento 15 M

La crisis ha puesto en jaque el crecimiento de la economía mundial, salpicando con especial crueldad al empleo y calando profundamente en países como España. El viñetista El Roto plasma con perfecta indignación cómo hasta ahora sólo los acontecimientos deportivos -por no decir únicamente eventos futbolísticos- han sido los únicos capaces de movilizar auténticas masas humanas.

La selección española, el Madrid o el Barça conseguían más que uno de los mayores recortes de derechos sociales llevados a cabo por un Gobierno socialista en este país; mucho más que los rescates a los bancos en Europa y en el mundo, llevados a cabo con dinero público; mucho más que los despidos masivos en empresas con beneficios para garantizar jugosas jubilaciones a sus directivos y generosas primas a sus inversores; más que los discursos xenófobos emergentes. Pero nuevamente El Roto ilustraba cómo la mecha se prendía en España, con Madrid como epicentro de un movimiento, el 15M, que ha demostrado que estamos despiertos, indignados, pidiendo un sistema político coherente que represente los problemas reales de la ciudadanía.

Viñeta de El Roto en El País 18/05/2011

En su twitter, el comisario europeo de Empleo y Asuntos Sociales e Inclusión László Andor decía textualmente sobre la “Spanish revolution”: “La falta de oportunidades para los jóvenes es un enorme desperdicio de potencial. España puede y debe aprender de otros países europeos”.

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La Europa que queremos

Titulo este post de manera homónima a la serie que Gomaespuma realiza para la Comisión Europea en España sobre los logros de la UE. Una Unión Europea que atraviesa uno de los momentos más complicados de su historia.

José Ignacio Torreblanca, en su reportaje del suplemento “Domingo” de El País, realiza un retrato inquietante de la situación actual en que se halla la UE y una perspectiva desalentadora en cuanto al futuro del proyecto europeo. Porque desde la crisis institucional que provocó el rechazo francés y holandés a la Constitución Europea Bruselas no ha levantado cabeza.

Se intentó salvar el mensaje aunando todos los contenidos en el Tratado de Lisboa. Pero aunque recogiera prácticamente el 90% de la sustancia de la Constitución fallida, el Tratado no dejó de ser un paso hacia delante de bajo perfil y a marchas forzadas. Objetivos ambiciosos que preveían los mecanismos necesarios y que sin embargo han conseguido el resultado opuesto al esperado. El mundo sigue sin saber a quién tiene que llamar cuando quiere hablar con la Unión Europea y la maquinaria puesta en marcha por el servicio diplomático europeo no ha servido más que para emitir un comunicado tras otro, cada uno más ambiguo que el anterior.

Es reconocida la buena labor desempeñada por el presidente permanente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy a puerta cerrada y notorios sus éxitos de mediación entre los líderes europeos para alcanzar acuerdos. Y nadie cuestiona la apretadísima agenda de la Alta Representante de la Unión para la Política Exterior, Catherine Ashton, reuniéndose cada semana con los principales líderes mundiales y viajando allí donde se encuentra la actualidad. El problema es que nuevamente nos encontramos con ambiciosos objetivos a los que se da un perfil bajo. Ni Van Rompuy ni Ashton son amantes de acaparar los titulares de los periódicos; a los dos les gusta trabajar en los despachos y son ajenos a mensajes gancho electoralistas. Quizá porque su puesto no depende del voto de los ciudadanos. Quizá porque el resto de presidentes sean los que quieren aparecer en la foto. Y esa cualidad es digna de aplauso, pero como en todo, la virtud está en el punto medio.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el Viejo continente dio al mundo una lección de entendimiento y comprensión mutua. Europa demostró que es posible aprender de la historia; que sólo analizando el pasado podemos avanzar para ser mejores. Y es como se fue configurando un acervo comunitario espléndido que tras 61 años de historia parece tambalearse.

Poner en común la industria del carbón y el acero fue un paso importantísimo si lo ubicamos en la década de los 50 del siglo XX. Crecer basándose en la solidaridad ha dado a la UE un modo sui generis de entender la evolución de las sociedades. Hemos visto cómo los fondos de cohesión han ido ganando peso con el paso de los años, y la finalidad de la cohesión no es otra que trabajar por equiparar las regiones más pobres del continente a las más ricas; sin importar el país del que procedan. Crear un espacio aduanero común ha permitido el movimiento de bienes, servicios, capitales y personas sin trabas en un número importante de Estados que sólo hace décadas no mantenían ni relaciones diplomáticas. Ha permitido que Europa sea la principal receptora de productos de Europa con una política monetaria conjunta.

Es por ello que queremos una Europa que siga defendiendo esos valores que enarbola por escrito pero que últimamente se están cuestionando con el auge de partidos de extrema derecha; queremos una Europa que si se niega a negociar con La Habana alegando motivos de respeto a los derechos humanos, haga lo propio con sus vecinos africanos del Mediterráneo, sometidos durante décadas a dictaduras pero manteniendo acuerdos de asociación preferentes con la UE; queremos una Europa que se preocupe por el futuro de una generación de jóvenes formados que no encuentran su sitio en el mercado laboral; y queremos una Europa que no tiene miedo del diferente porque ha aprendido de la historia, ha sabido dejar atrás las diferencias y ha aprendido que el respeto mutuo es el mejor modo de convivencia.

Esta reflexión fue publicada en Diario de Castilla – La Mancha, en versión reducida, el 20 de mayo de 2011.