Una generación desencantada

El especial “Pre(parados)” que lleva publicando el diario El País durante algunas semanas está mostrando ejemplos tremendos de una generación a la que se le alentó mucho desde la infancia y que está viendo que, una vez finalizado ese periodo y alcanzada cierta madurez para desenvolverse laboralmente en el destino de su país, sus aspiraciones quedan enterradas en la mugre de un sistema incapaz de integrarlos, una clase política ínfimamente interesada en su porvenir y un país que no les da las oportunidades que se merecen.

El sistema encarnó la esclavitud más cruel en la época de la industrialización del continente europeo. Personas trabajando en situaciones penosas, con jornadas laborales abusivas y sin derechos reconocidos dieron lugar a siglos de lucha obrera por conseguir unas condiciones mínimas para hacer al trabajador menos vulnerable frente al empresario.
Estamos en un momento peligroso, en el que la emergencia de países como China o India plantean unas reformas que nos hagan más competitivos mundialmente, y por eso el aumento de la jornada laboral o la ampliación de la edad de jubilación ya no son tema tabú sino que se debaten abiertamente y sin mayor reparo. El solo planteamiento de la cuestión debería ser algo que llevara a la calle a todos los ciudadanos en protesta para no dilapidar unas condiciones que lejos de recortarse deberían seguir ampliándose. Pero no es esa la cuestión que me atañe en esta entrada.
El sistema capitalista ha encontrado el filón perfecto para la esclavitud del siglo XXI: los programas de becas. Aquel trabajador que suple un puesto más de la plantilla de cualquier empresa pero que sólo tiene derecho a una pequeña asignación mensual (en caso de que la tenga) y a una cobertura de seguro.
Se llega a un nivel de bondad tal por parte de la empresa, que se ofrece al recién licenciado la oportunidad de tener su primera experiencia profesional. Y no sólo al recién licenciado; también a aquel que tiene carrera y máster; o aquel que tiene carrera, máster y sabe idiomas. Poco más que queda dar las gracias por no tener derecho a vacaciones, ni al reembolso de horas extras. Por trabajar durante meses, incluso años, sin cotizar a la seguridad social pero sin que ello signifique que la cuantía que reciben no esté sujeta a impuestos. Por aportar toda la energía y empeño a cambio de tan poco.
Un testimonio anónimo explica su caso personal bajo el titular “El coste de las becas”. Un artículo con el que, tristemente, tantos se sienten identificados.
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