El camino a la desunión

La situación sociopolítica belga, que en varias ocasiones he tratado de abordar, sigue igual de compleja que cuando, hace unos meses, provocó la caída del Gobierno de Yves Letterme. Actualmente ostentando la Presidencia de turno de la Unión Europea, y en plenas negociaciones para la formación de gobierno tras el triunfo de los nacionalistas flamencos en las elecciones de este verano, Bélgica sigue caminando en la penumbra de la incertidumbre sobre cuánto tiempo seguirá funcionando como un Estado unitario.

A continuación presento un interesante vídeo que explica de manera dinámica y concisa este laberinto sin salida.

 


La xenofobia en Europa

Viviane Reding, vicepresidenta de la Comisión

Las expulsiones de gitanos rumanos y búlgaros de Francia han provocado, aunque tarde y mal, la irritación de la comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía, Viviane Reding.

La vicepresidenta segunda del Ejecutivo comunitario empezó su mandato preocupada por la tendencia cada vez más pujante de la renuncia a las libertades individuales por pretextos de seguridad ciudadana. La instalación de cámaras en determinadas vías públicas o el debate de los escáneres corporales en los aeropuertos no son sino muestras de cómo los Gobiernos están invadiendo ámbitos privados de la vida de cada persona. Europa siempre se ha caracterizado por no ir tan lejos como Estados Unidos en esta cuestión, pero la oleada de gobiernos de derechas en la mayor parte del continente ha ido cambiando esta particularidad europea de que los ciudadanos no estén dispuestos a ceder a todo con el pretexto de que están siendo protegidos de posibles acciones terroristas.

Reding inició su mandato con la siguiente afirmación: “No permitiremos que nadie dicte normas que vayan contra nuestros derechos fundamentales bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo. Nuestras necesidades de seguridad no justifican ninguna violación de la privacidad”.

Lo que seguramente no preveía es que su mandato iba a estar marcado por el debate del racismo y la xenofobia. Silvio Berlusconi y Nicolas Sarkozy, presidentes ambos de Estados fundadores de la UE, no han escondido sus recelos hacia la etnia gitana y a la población inmigrante residente en sus países. Y lejos de trabajar por estrategias de integración, se han dedicado a estudiar el derecho comunitario para encontrar la forma legal de expulsarlos. Afortunada y obviamente, no hay resquicio legal alguno en los Tratados de la Unión Europea que prevea tal cosa. Y sin más, han actuado sin que les tiemble el pulso y sin cargo de conciencia alguno.

A la Comisión Europea, como gobierno comunitario y motor de la integración, no debe temblarle la mano cuando se llevan a cabo acciones de tal calibre. Y falló por su ambigüedad con Francia, cuando vimos a un Barroso con la cabeza gacha obligado a reaccionar pero sin querer incomodar a Sarkozy. Pero la luxemburguesa Reding ha sido más tajante al calificar de “vergüenza” la maniobra llevaba a cabo por el Elíseo.

“En Europa no hay lugar para la discriminación sobre bases de origen étnico o racial”, apostilló Reding. “Se me está acabando la paciencia. Ya está bien”. “Estoy personalmente convencida de que a la Comisión no le quedará otra salida que iniciar un procedimiento de infracción contra Francia”.

Lo que más se le ha criticado fue la alusión a los tiempos del nazismo, cuando dijo que las expulsiones de minorías son un episodio que “Europa no tendría que volver a ver tras la II Guerra Mundial”.

Europa debe estar preparada para hablar sin pelos en la lengua. Hay pocos precedentes de un “conflicto” tan abierto entre organismos comunitarios y Estados miembros. Al fin y al cabo, el debate público alimenta el proceso democrático.


El debate sobre el Estado de la Unión

Poco a poco, la Unión Europea va dotándose de mayor dinamismo democrático y de instrumentos que la convierten cada vez más en una macroestructura transnacional. Fruto de esta evolución surge el primer debate sobre el estado de la Unión, un ejercicio necesario de intercambio de opiniones que no fue demasiado fructífero pero que sirvió para

despertar la atención de los medios y profundizar en el debate sobre qué es la UE y hacia dónde va.

Quien conoce la figura de José Manuel Barroso como presidente de la Comisión Europea esperará un discurso repleto de utopías y buenas palabras que nunca pondrá en evidencia a Francia ni a Alemania. Es por ello que no sorprendió que no echara una reprimenda directa a Sarkozy por el vergonzoso asunto de las expulsiones de gitanos en Francia, pero sí deja mucho que desear que el presidente del Ejecutivo comunitario no dé la cara en un momento en que la UE debe mostrar firmeza.

De nada servirá hablar de “los valores europeos” y de la defensa de los mismos si no se toman determinaciones arriesgadas. Bien es cierto que Barroso le debe su puesto en gran medida al presidente francés, que apostó por su candidatura junto a Merkel y le refrendaron para un segundo mandato. Pero el portugués ya le devolvió el favor a Sarkoconcediendo a Francia la cartera de Mercado Interior y al rumano Ciolos la de Agricultura (algo por lo que se presionaba desde París). Fue curiosamente un alemán, Martin Schulz del grupo socialista, quien más criticó la “integobernabilidad” de Francia y Alemania en la UE.

José Manuel Barroso durante su comparecencia en Estrasburgo

La trascendencia pública de Barroso es, de momento, mayor que la del presidente estable del Consejo europeo, Herman Van Rompuy. La Comisión Europea es la encargada de poner en su sitio a un Estado miembro cuando éste se salta la normativa comunitaria. En este caso, lo más atrevido que salió de su discurso fue que “el racismo y la xenofobia no tienen cabida en Europa”.

Todos los grupos políticos representados en la Eurocámara, excepto el Partido Popular Europeo, recriminaron la falta de autoridad de la Comisión en este asunto. Afortunadamente, acertaron en sus críticas, que fueron especialmente duras y que Barroso apenas se molestó en rebatir.

Otra de las cuestiones que mayor preocupación suscitó fue el creciente despego de los ciudadanos europeos hacia la Unión Europea. Se habló por ello de la necesidad de ejecutar unos presupuestos que apuesten por reducir las disparidades sociales y repercutan en resultados tangibles.

La pérdida de relevancia en el mundo fue otra de las grandes cuestiones al analizar el Tratado de Lisboa, del que se esperaba que la UE saliera reforzada en la escena internacional. Lo que cuentan, sin embargo, son los hechos: mientras que la UE es el primer donante en ayuda económica a la Autoridad Palestina y en materia de cooperación en Oriente Próximo, no ocupa una silla en las mesas de negociaciones para la solución del conflicto palestino-israelí. Algo francamente decepcionante y que no cambiará a menos que los grandes de la UE, especialmente Francia, Alemania y Reino Unido renuncien a su protagonismo particular y apuesten por una voz en común.

Los eurodiputados están francamente vinculados con el proyecto europeo. Seguro que ejercicios de debate como el vivido el pasado martes en Estrasburgo aportarán cosas positivas para el futuro desarrollo de la UE.